miércoles, 8 de agosto de 2012

Dilemas y consumismo.

Hay una tendencia general a las contradicciones en la vida, y esta situación se agrava cuando estás en contacto con autores que se suponen que te "abren la cabeza" en relación a ciertos temas cotidianos. La naturalización del comportamiento humano que rinde tributo al equilibrio de las fuerzas sociales (en donde quienes detentan el poder siempre salen airosos) nos genera una tendencia a comportarnos de cierta manera. Los libros nos demuestran que nuestro modo de proceder no debería ser tal, ya que nuestra contribución a la retroalimentación del modo de reproducción social que enfatizamos nos hace peores personas de lo que podemos llegar a creer que somos.

Ok, hasta acá todo clarísimo: el consumismo es producto de un sistema que genera en nosotros el deseo de adquirir bienes para generar una imagen específica, preferentemente convergente al statu quo social. Hasta ahí vamos bien. Lo tremendo es que, pese a la consciencia de tal realidad, cuando estoy bajón lo que más me la sube es ir a comprar ropa. Marx, yo banco tu concepción de fetichismo de la mercancía y sufro todos los días nuestra reificación, pero hay algo de psicología femenina por ahí que no supiste explicar y me coloca a mí en un gran dilema existencial.

Los dilemas, esas pequeñas batallas coloquiales que sufrimos entre nuestra normalidad (nuestra capacidad de adaptarnos a las normas) y nuestro acervo de conocimiento académico que se metamorfosea en una suerte de bagaje moral y ético, es decir, una especie de peso que llevamos sobre nuestras espaldas, que tendemos a comparar constantemente con sucesos biográficos, nos lleva a tener que enfrentarnos con dos opciones: por un lado, revelarnos, y ser, en el fondo un poquito infelices, o adaptarnos, y negar cien veces todo eso que hemos aprendido. Porque nadie se va a atrever a negarme, sinceramente, que hay ciertas características del sistema que contribuyen a un estado emocional elevado.

Mi propuesta es: Aprendamos. No critiquemos sin sentido, que todo sea para construir. Conozcamos a nuestro contrincante, intentemos comprenderlo en sus propios términos. Utilicemos su lengua, vivamos sus experiencias. Disfrutemos. Pero no olvidemos que alguien pensó sobre las causas y las consecuencias de aquello que estamos haciendo. Para combatir al enemigo, primero hay que acercarse. Así que, Sistema, seamos amigos, hoy me compro un vestido y mañana lucho por la carencia de dimensión humana en los contratos laborales que se ejercen en el país.





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