Si hay una característica propia de la posmodernidad (elegida
arbitrariamente por mis ganas de escribir sobre esto) es la inmediatez. A veces hasta
inconscientemente queremos todo en el preciso momento en que nuestro deseo
comienza a conformarse, como una suerte de emergencia vital que, lentamente, se
dedica a desplazar lo importante, para cederle lugar a lo urgente.
No soportamos plazos, no negociamos posponer. La tendencia al YA
se apodera de nuestra vida, y genera que nuestros actos se predispongan a
satisfacer ESO que no nos deja en paz. Y, por supuesto, esto se ve potenciado
por nuestra cotidianeidad tecnológica: Las dos redes sociales más utilizadas
por los jóvenes de la sociedad argentina (los datos estadísticos fueron creados
por mí), canalizan toda nuestra capacidad espontánea y nos obligan a que
nuestras producciones habituales estén conformadas de modo tal que puedan ser
expuestas. Lo duradero no se puede postear, el proceso es imposible de
expresar.
Seguiría esta vasta explicación un par de párrafos más,
esgrimiendo que la tiranía del reloj que nos ha legado la revolución industrial
(cuna del capitalismo) nos ha condenado a un modo de vida que hace que nuestro
tiempo orgánico (lo que nos dice nuestro cuerpo que algo tiene que durar) sea
relegado al tiempo mecánico (tic-tac), pero la verdad es que ya me tengo que ir
a trabajar y no me alcanza el tiempo para explicarlo.

