martes, 22 de mayo de 2012

El tiempo.



Si hay una característica propia de la posmodernidad (elegida arbitrariamente por mis ganas de escribir sobre esto) es la inmediatez. A veces hasta inconscientemente queremos todo en el preciso momento en que nuestro deseo comienza a conformarse, como una suerte de emergencia vital que, lentamente, se dedica a desplazar lo importante, para cederle lugar a lo urgente

No soportamos plazos, no negociamos posponer. La tendencia al YA se apodera de nuestra vida, y genera que nuestros actos se predispongan a satisfacer ESO que no nos deja en paz. Y, por supuesto, esto se ve potenciado por nuestra cotidianeidad tecnológica: Las dos redes sociales más utilizadas por los jóvenes de la sociedad argentina (los datos estadísticos fueron creados por mí), canalizan toda nuestra capacidad espontánea y nos obligan a que nuestras producciones habituales estén conformadas de modo tal que puedan ser expuestas. Lo duradero no se puede postear, el proceso es imposible de expresar.


Y no lo podemos evitar. La vorágine que lleva a que nuestra capacidad temporal se vea limitada al HOY, es indefectible. Inclusive lo académico nos condiciona de tal forma: los plazos a cumplir (y la mala organización que, por definición, tiene el estudiante), hacen que el acto de aprender se limite a la posibilidad de acreditar. 

Seguiría esta vasta explicación un par de párrafos más, esgrimiendo que la tiranía del reloj que nos ha legado la revolución industrial (cuna del capitalismo) nos ha condenado a un modo de vida que hace que nuestro tiempo orgánico (lo que nos dice nuestro cuerpo que algo tiene que durar) sea relegado al tiempo mecánico (tic-tac), pero la verdad es que ya me tengo que ir a trabajar y no me alcanza el tiempo para explicarlo.


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