Fontanarrosa me resulta un personaje fascinante del mundo
literario argentino. Y me ha enseñado una cosa fundamental de la expresión
nacional: las malas palabras
no son necesariamente malas.
Lo más
interesante de las malas palabras es que, generalmente, son metáforas.
Seguramente, su génesis está estrechamente
ligada a un contexto histórico determinado. Por ejemplo, la palabra mierda. Todos sabemos que si
bien, en nuestro país, tiene muchas acepciones que se definen al
tiempo en que se actualiza la palabra en un enunciado, en
el espectro de posibilidades que nos ofrece, está la suerte. La
suerte porque, principalmente si ahondamos en las tradiciones artísticas del
teatro, la materia fecal era el residuo dejado por los equinos que tiraban de
los carros que habían conducido a los espectadores a la obra. Por lo tanto,
cuanta más mierda había en los alrededores del albergue del show, más
concurrencia había tenido aquella. Algunos pretenden afrancesar la expresión,
reduciendo su fuerza característica, implementando el término
"merde", que sí bien está más relacionado con la historia que
relatamos, está menos relacionado con nuestras raíces.
Ya sea mierda, o cualquier otra herramienta lingüística que cumpla con
los requerimientos para considerarse una mala palabra, lo cierto es que la
categorización de opuesta a la moral ya no me parece válida en la sociedad en
la que vivimos. El uso de las palabras resignifica su arbitrariedad postulada
inicialmente, con lo cuál, lo que en "otra época" podría haberse
considerado un uso dañino de la lengua, en detrimento de una implementación
íntegra y adaptada a los cánones del buen comportamiento civil, hoy se ha
transformado en una palabra de uso corriente, hasta me atrevo a decir que es
una moda. Hay quienes siguen sosteniendo esta visión tradicional, hay quienes
creen en la función terapéutica (catártica) de este tipo de palabras, hay
quienes las adoran (como yo), hay quienes las rechazan. Las malas palabras son tan
necesarias, históricas, significantes, hirientes, sananantes (?), como las
buenas. Lo único que tienen es esa estela de mala fama que todavía causan en
algunos la sensación de estar cometiendo algún tipo de error semiótico cuando
le llevan a la práctica.
"Hay palabras de las denominadas malas palabras, que son irremplazables:
por sonoridad, por fuerza y por contextura física", por eso, no
escatimemos en ellas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario